Para despedir a nuestros muertos (Víctor Raúl Jaramillo)

victorA Gabriel y Lukas
que abrieron la puerta a estas palabras

¡Ay, quién se atrevería a reír,
ahora que el amor de la voluntad de crear
también ha enmudecido!

Ayarda

Algunas veces, o siempre, nos ocurre que pensamos que no vamos a morir nunca, que somos inmortales. En efecto, el ansia de perdurar nos pone en el límite mismo de la caída, y el tiempo se intensifica de tal manera que desaparece. Moriremos sin embargo, y eso es todo.

Aquello ocurrido será vencido por la muerte y en el fondo un fuerte anhelo nos agravia ante su victoria. Queremos verla derrotada. De allí que anunciemos metafísicas que van más allá de nuestra idea de mundo. Que no aceptemos que la vida se agota como se agota la muerte en los momentos en que el tiempo entra en nuestra intención de comprender.

Esa “distancia”, no obstante, nos anima a saltar, nos refresca el baile, los gestos y, al mismo tiempo, el halo siniestro de nuestra juventud: momento en que soñamos con la eternidad, en que amamos y, por el hecho de habernos cruzado con la muerte, nos transformamos como se van transformando el sueño, el amor, la muerte y la vida.

Pero la vía de esta transformación se ha internado en los abismos, incluyendo los de las alturas. Hemos buscado una sabiduría que sea un saber teórico y no un “darnos cuenta”: una forma de vivir, una manera de agotar la vida en la vida, y su “valor” ha renunciado a la pasión que también es juicio, elección.

Nos hemos dado cuenta de nuestra desmesura y hemos intentado entrar en un lugar donde el equilibrio, su “conexión”, no nos convierta en estatuas. Mas esta tierra no quiere volver a brotar, es incapaz de dar alimento, su fuerza se ha vuelto contra nosotros. ¿Es una decisión del hombre? ¿Es la placenta muda de la naturaleza que ha sido impelida a soportar los cadáveres? Es la vida que ha sido humillada y que, insepulta aún, nos alerta del olvido de su propia penetración cuando cae inerte.

La hemos maltratado, su respiración ha sido rasgada y quemada con el fuego homicida de los impotentes. Ya decía yo que los muertos no nos quieren abandonar; que la seca tierra necesita nuevos rituales para que ellos se puedan ir. Ni políticas ni dogmas, requerimos amor, golpe repetido de espíritu para ungir la ceniza de nuestros fantasmas. Recordemos que allí donde las raíces ya no penetran, es el vacío sin sombra; porque la muerte es más astuta que los símbolos de la poesía, del arte, de la filosofía… y lo único que nos queda es abrir los ojos al amor.

Lo que hemos hallado no va más allá del cuerpo -razón y naturaleza, instinto e inteligencia-, y en él sólo habrá lucidez si los organismos de una elipse que asciende y desciende encuentran en la superficie de sus ondulantes variaciones, el deseo de una sangre que se expanda tanto hacia adelante como hacia atrás. Que adviertan la memoria y la imaginación de lo que hemos llamadocaosmos: un universo plural que deviene enigma y transparencia de una humanidad intransigente y desgraciada que ha logrado su derrota al intentar la permanencia absoluta.

Por ello, queremos recibir el amor para recibir la propia figura: ¡qué bueno sería tener la suficiente apertura amorosa para poder aceptar todo lo que ocurre como si fuese natural! Quizá con esto se evidencie que hemos abierto una contradicción, y eso nos alegra: quiere decir que aún palpita en nosotros un gran sol; significa que aún no hemos dejado de pensar; nos muestra que, a pesar de todo, seguimos vivos.

Pero ¿cuándo, oh, cuándo? ¿cuándo estuvo la creación libre de formas? ¿cuándo, oh, cuándo, sin destino? Oh, lo estuvo, y fue sin sueño, no fue vigilia ni sueño, fue sólo un instante, un canto, una voz única, una llamada de inconjurable sonrisa… una vez fue el niño, una vez fue la creación…

Entonces, ¿qué hacer? Habremos de volver sobre nosotros mismos, desentrañando la savia nueva de un ser humano distinto. No bastará con acoger a los que han sido arrojados: deberemos acunar las voces perdidas, empoderar sus lamentos, sanar su herida que hemos dejado tirada por la tierra con nuestra mano estéril.

Lo que hace falta es lo que cuenta. Y lo que cuenta es el amor de una voluntad de crear que, luego de inyectar la destrucción, genere una visión clarividente que constituya un planeta menos agónico, más capaz para la felicidad, para la justicia; que proyecte el propósito de recibir al otro como dinámico otro, como el que puede pasar de largo si su rostro nos desanima. Con la confianza de un otro diferente que no será borrado de las generaciones que, más que edades, son actos de vida, relaciones de convivencia que quieren ser apertura y no palabra definitiva.

Es así que conjuraremos a nuestros muertos, de este modo realizaremos nuestro supremo exorcismo: vendimiando un mundo que no espere nada, sino que se conduzca en el hoy de una paz necesaria, real; de una amistad que reverdezca el desierto, que lo llueva. Empinando un gozo que asuma como posible el crecimiento de los nuevos sin escalar hombres; que al fin se comprenda que cada uno es la gruta, y los ecos que golpean sus paredes son su propia voz. Aunque el solitario tenga, pese a todo, hambre y sed de colectividad.

Porque con nuestro “corto vuelo”, creemos en los obstáculos que culpabilizan e impiden la preocupación por nuestra vida; porque nuestro mayor reto, es vivir de tal modo que tenga, por fin, sentido vivir; porque aún hay cosas por nombrar; porque en la apetencia por lo mismo, no hay devoción; porque esta extremada velocidad por conquistar el afuera, nos dejará infinitamente lisiados ante el primer y verdadero precipicio; porque si no aceptamos que sólo en el amor que procura la creación podemos ejercitar el encuentro, seguiremos siendo presas del vértigo, de un ocurrir terrorífico con sus tentáculos putrefactos. Y también hoy, será el día de todos los muertos.

Ahora, depende de ti.

Víctor Raúl Jaramillo

Medellín, 3 de Junio del 2015
Año de la justicia y el infinito excitado