Una joven de Villa Flora

por Jessika Cano Uribe

Nosotros somos tres hermanos: Johanna, Juan Pablo y yo. Juancho es el menor de los tres y tal vez el más alegre. Este año cumple apenas 15 años y aún tiene vigente el sueño de ser futbolista. Hace poco sufrió una lesión en un tobillo y tuvo que devolverse de Armenia, ciudad en la que estaba entrenando. Por ahora se la pasa en revisiones médicas, ayudándole a mi papá en el trabajo y por ahí aventuriando con sus amigos desatrasándose por los meses que estuvo ausente en el barrio.

Nosotros somos de un barrio pequeño que queda en Robledo (comuna 7), allí ha vivido mi familia desde los 80’s. Mis abuelos fueron de los primeros que llegaron, cuando había pocas casas y cuando todavía no sabían que la violencia a la que le habían huido en Risaralda los alcanzaría también en Medellín; pero este barrio que no se llama Villa Sofia – como creen todos los taxistas- no ha sido de los más violentos. Dicen que el nombre real se lo pusieron en honor a quien era la propietaria de los terrenos ‘Flora Villa’, quien contribuyó a alguna iniciativa del gobierno del ex presidente Belisario Betancur para otorgar casas sin cuota inicial, pero ese es otro cuento.

Decía que Villa Flora no es un barrio de los más violentos porque parte de mi infancia yo la viví en La Pradera y allá el miedo si era cuestión de todos los días. Vivíamos en una frontera de dos combos y nuestro solar llegó a ser campo de batalla. A mi hermana mayor le tocó más que a mí, pero ambas llegamos a sentir cerca a la muerte cuando teníamos que escondernos debajo de la cama, huyéndole a las balas. Ese también es otro cuento, pero como todos los que escribimos aquí está teñido de violencia.

En esa época Juancho estaba recién nacido, él no puede recordar muchas escenas de La Pradera y en Villa Flora tampoco llegó a vivir tantos días de tensión, por eso siempre ha caminado sin miedo, aunque mi papá le diga todo el tiempo que ande con cuidado. Pero él tiene amigos por todo Robledo y le gusta ir a esas “farras” de menores, sale casi todos los días a jugar futbol en la cancha o a grabar videos graciosos que después comparte en Facebook donde llegó a tener casi 5000 seguidores. Sus amigos, que a todos los vimos crecer en el barrio, llegan a la casa de mi mamá después del colegio y le gritan “!Canoo¡”, después los escuchamos en la acera muertos de la risa o hablando de las niñas que les gustan porque están en esa época de conquista. La primera novia de Juancho vivía en Curazao (un sector más arriba de Villa Flora), él iba a visitarla y a veces llegaba muy tarde. Nosotros sentíamos miedo, aunque Juancho no, pero a pesar del miedo lo hemos apoyado y mis papás han dejado que viva su adolescencia, que se divierta y que con alguna de sus ocurrencias nos haga reír.

Decidí escribir esto porque esta semana fue uno de los días más tristes de mi vida. Estaba almorzando con Juancho y me dijo que tenía miedo, que la noche anterior se había entrado azarado porque cuando estaba relajado con sus amigos en la calle, notaron cosas raras. “Yo por allá no vuelvo mejor” me dijo, señalando un lugar que desconozco, pero que es solo uno de los tantos a los que por estos días Juancho no podrá volver porque por medio del rumor y de cadenas de whatsapp se ha alertado a los habitantes de Robledo que tengan cuidado, que tengan miedo.

Entonces yo le quería decir que no tuviera miedo, pero pasados unos días (hoy) se levantó la noticia de que habían asesinado en Robledo el Diamante a un joven de la edad de Juancho, el mismo sector en el que hacía una semana habían asesinado a uno de 18 años, quien murió en el hospital Pablo Tobón Uribe, el mismo hospital en el que falleció Danilo Antonio Grajales (17 años) después de recibir impactos de bala en Robledo Aures, dos días después de que hubieran asesinado también a otro joven de 20 años en Robledo Villa Sofía, sector en el que también el 11 de julio habían asesinado a otro joven de la misma edad. Quizá el primero de esta racha de pérdidas que van en el mes de julio.

Hoy quería decirle a Juancho que no tuviera miedo, pero se me quebró la voz. ¿Cómo le decía que no tuviera miedo si me vio los ojos temorosos? Entonces decidí mostrarle el poema que yo siempre leo cuando pasan cosas así, le dije que no era la primera vez en Medellín que a los jóvenes se los tragaba la guerra y que aun así no se resignara a verlo como algo natural. Traté de tranquilizarlo diciéndole que algo se nos ocurriría, pero todavía no se me ocurre nada.

Este fue el poema:

“Su silencio es herida mortal, oscuro labio
que condena la luz de una ciudad que, como pájaros,
los vio pasar y caer sobre sus calles
una noche, una tarde, una mañana cualquiera…
¿Dónde están hoy sus rostros de estrella medular,
sus ojos de inquietud, su fuego, su deseo insaciable?
…Sus gritos, ¿a qué fondo, a qué altura,
a qué extrema frontera se lanzaron?
La noche los acogió bajo su ala de cuervo,
y entre estallidos cósmicos sus voces
melodías eléctricas modulan
con la mecánica estelar.
Pero sólo el asfalto aquí abajo,
piedra de sacrificio,
sólo el perfil danzante de la nube
en lo alto de la casa, ese rincón donde alguien
que los amó los recuerda,
sólo el libro, la flor que nuevamente se abre
en el pequeño jardín, la música y las fotografías
en el álbum guardadas, son vestigios
de su paso apurado por la tierra,
ángeles adolescentes súbitamente desaparecidos.
En otras bocas, otros ojos, volverá a moldearse
acaso su milagro. Pero ¿quién nos dirá
qué verdad, qué grandeza, qué mundo irrepetible
se ha perdido, se ha ofrendado al abismo?”

(Treno por los muchachos muertos de Pedro Arturo Estrada Z.)

 

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