El derecho a la ciudad, un derecho para ¿quién? (Carlos Giraldo)

CarlosGiraldoMedellin, la ciudad donde nací…………….El escenario de mi vida; el lugar que creo conocer, está catalogada por muchos de sus habitantes como una ciudad prospera; de oportunidades, destacada entre el conjunto de las ciudades de Colombia. Su riqueza no solo es económica, sus pobladores son amables, emprendedores y solidarios. Su clima, envidiable. Sus obras, cada vez más monumentales y hermosas. Es lo que todo el tiempo me repiten; es lo que escucho en las conversaciones a mí alrededor; en la radio, en la televisión; en las redes sociales: Medellin, es un Paraíso.

Vivir en Medellin es una fortuna, una gran oportunidad. Acá lo tenemos todo. Las oportunidades y ventajas de vivir en una ciudad moderna están servidas. Es solo cuestión de ingenio, de habilidad, de agudeza, de inteligencia para identificar las posibilidades; atraparlas y tener éxito. Como no tenerlo si la infraestructura está dada, al servicio de quien la sepa utilizar.

No estamos en un pequeño pueblo, alejado de los circuitos económicos, culturales. Estamos integrados a los flujos de la información, de los capitales; conocemos las tendencias. Estamos en el centro de las oportunidades, dejamos atrás el aislamiento, es cuestión de actuar y ganarse la vida.

Esta ciudad nos lo ofrece todo, lo tiene todo, lo reúne todo, su población se siente orgullosa de vivir acá; sean propios o recién llegados.

Pero, acaso la “Población” puede tomarse como algo abstracto y pensarse como una unidad homogénea de Medellinenses o inmigrantes, satisfechos, seguros del presente, seguros del futuro. ¿Sin miedo, sin miedos; sin incertidumbres ante tanta abundancia y oportunidades?

¿Por qué a mí mismo por momentos, en lugares y situaciones, me invade el temor de sentirme “desprotegido”?

Se me informa con insistencia acerca de los derechos que tengo; los que debo exigir; los que se me deben garantizar; conozco mis deberes; se me demanda que los observe, que los devuelva a la sociedad como una respuesta a los derechos que se me reconocen y conceden.

Pero ¿Por qué esa relación dinámica de derechos-deberes en una ciudad tan orgullosa; tan presumida de modernidad, no se manifiesta en una efectiva protección? ¿En la disminución de la incertidumbre de un ataque, de una vulneración socialmente consentida, aprobada o tolerada?

¿Qué hace que seamos tan ajenos al sentido de la protección? ¿Por qué esa falta de protección es más evidente y nociva en los adolescentes y jóvenes?

¿Acaso nuestros adolescentes y jóvenes, no son pobladores con plenos derechos? ¿Por qué la ciudad les da la espalda? ¿Por qué los demás ciudadanos no los protegemos de los riesgos y de las amenazas contra su vida?

¿Cómo hablar de una ciudad para la gente? ¿Puede tener vigencia un discurso de orgullo por estar adscrito a un territorio de oportunidades y simultáneamente no actuar cuando sabemos que un niño, niña, adolescente o joven está en riesgo de morir como resultado de la violencia impulsiva o instrumental?

Duele mucho que una vida se pierda, que se niegue el derecho a la vida; el primero de los derechos y que asistamos ciegos, sordos y mudos a un holocausto silencioso. Asistir implica muchas veces pasividad, indiferencia o en el peor de los casos, aprobación.

Medellin, como una ciudad que ha demostrado una notable capacidad de superación, de sanarse así misma; de redefinirse, debe mantener entre sus priordades el derecho a la vida; el derecho a vivir las oportunidades que crea, a difundirlas en todo el territorio, sin exclusión ni preferencia. Los niños, niñas, adolescentes y jóvenes de Medellin, tienen el derecho a vivir en la ciudad y la ciudad y sus habitantes el deber de garantizar la efectividad de ese derecho. Ninguna de las partes puede excusarse o eludir la responsabilidad, pero ante la eventualidad de que alguno lo haga yo les aseguro que NO COPIO los llamados a vulnerar a los adolescentes y jóvenes y a convertirme en un instrumento de terror, miedo o de cooperación silenciosa de la violencia.

Que en el entorno más inmediato no haya miedo, no traslademos a las victimas la carga de la violencia, ni legitimemos su vulneración repitiendo: “Si le sucedió, fue por algo”; “lo tenía merecido”; tarde o temprano se hace justicia”. O aprobando en silencio un ataque contra un adolescente o joven a manera de justicia.

Las ciudades son para sus pobladores, tenemos el derecho de vivir en ellas y a gozar sus oportunidades, no es un enunciado, es un imperativo moral; un deber garantizarlo. Los ciudadanos, en ausencia de la autoridad legalmente instituida, somos responsables de la protección integral de los adolescentes y jóvenes de la ciudad.

Carlos Giraldo

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